Ficción especulativa y duelo: lecturas para habitar la pérdida
Desde el Redondal ha sido siempre un lugar de encuentro para lectores que quieren pensar la literatura como una forma de habitar. Hoy quiero detenerme en un tema que aparece una y otra vez en los libros que reseñamos: la forma en que la ficción especulativa trabaja el duelo. La pregunta que guía este recorrido es por qué un género tan ligado a la imaginación de futuros y máquinas se ha vuelto una de las vías más potentes para narrar la pérdida. La respuesta, creo, tiene que ver con la capacidad que tiene lo fantástico para crear distancias que, paradójicamente, nos acercan a lo más íntimo.
El duelo es una de las experiencias más universales y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de contar. Cuando una novela recurre a herramientas como los fantasmas, los mundos paralelos, las pandemias, los viajes en el tiempo o las sociedades distópicas, gana una distancia que le permite mirar de frente emociones que la narrativa realista a veces solo roza. La pérdida se vuelve visible a través de la metáfora, y la metáfora nos permite observar lo que normalmente evitamos.
Este artículo propone un recorrido por libros que abordan el duelo desde la ficción especulativa. Veremos cómo distintos subgéneros —desde la ciencia ficción hasta el realismo mágico, desde la distopía hasta la fantasía— ofrecen formas diferentes de elaborar la despedida. Compartiré también, al final, algunas recomendaciones concretas para quienes quieran empezar a leer en esta línea.
| Obra | Autor | Subgénero | Forma del duelo |
|---|---|---|---|
| Lincoln en el Bardo | George Saunders | Realismo visionario | Pérdida de un hijo |
| Nunca me abandones | Kazuo Ishiguro | Ciencia ficción intimista | Mortalidad e identidad |
| Pedro Páramo | Juan Rulfo | Realismo mágico | Madre ausente, pueblo en ruina |
| La casa de los espíritus | Isabel Allende | Realismo mágico | Ciclos generacionales |
| Estación Once | Emily St. John Mandel | Post-apocalíptica | Pandemia y separación |
| El océano al final del camino | Neil Gaiman | Fantasía onírica | Trauma de la infancia |
Ciencia ficción que mira de frente a la ausencia
La ciencia ficción contemporánea ha encontrado en la ausencia uno de sus temas más recurrentes. Novelas como Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, Klara y el Sol del mismo autor, o Los hijos de los hombres de P. D. James nos sitúan en escenarios donde la mortalidad es estructural: clones criados para la donación de órganos, un futuro sin nacimientos, una amiga artificial que observa cómo muere su persona. En estos contextos, el duelo se vuelve un hecho planificado, sistemático, casi burocrático. Y eso es precisamente lo que vuelve devastadoras a estas novelas: muestran una sociedad que ha decidido aceptar la pérdida sin hacer las paces con ella.
Al leer estos libros nos hacemos preguntas incómodas. ¿Qué significa saber de antemano que vamos a perder a alguien? ¿Cómo construimos afecto cuando sabemos que el otro es prescindible? Ishiguro responde con una ternura silenciosa que hace de sus novelas un ejercicio de demolición emocional. El lector no necesita explosiones ni alienígenas para sentir el peso de la ausencia: el peso está en los gestos cotidianos —una mano, una canción, un paseo lento por la tarde— que sabemos irrevocablemente finitos.
Fantasía y fantasmas: cuando los muertos se quedan
La fantasía ha sido siempre una literatura de los muertos. Desde las sagas nórdicas hasta las tradiciones celtas, desde los fantasmas de Shakespeare hasta las novelas contemporáneas de Neil Gaiman, la fantasía ofrece un espacio donde los difuntos no desaparecen de forma definitiva. Vuelven, hablan, piden algo. El océano al final del camino de Gaiman, Lincoln en el Bardo de Saunders, El gigante enterrado de Ishiguro son tres libros muy distintos que comparten esta idea: que los ausentes siguen influyendo en los vivos, quieran estos o no.
En Lincoln en el Bardo, los muertos habitan una especie de limbo poblado de voces, de anécdotas, de juicios. Willie Lincoln, el hijo muerto del presidente, deambula entre otras almas perdidas, y la novela se construye a partir de fragmentos de testimonios —una obra polifónica donde nadie tiene la verdad, donde el duelo se cuenta desde muchas perspectivas incompatibles. Es un libro que enseña que no existe una única forma de llorar, y que cada versión de la pérdida es parcial y legítima.
El realismo mágico como lengua materna del duelo
En la literatura latinoamericana, el realismo mágico ha sido la lengua natural del duelo. Pedro Páramo de Juan Rulfo, La casa de los espíritus de Isabel Allende, Aura de Carlos Fuentes, Como agua para chocolate de Laura Esquivel son libros donde lo fantástico no sirve para escapar de la realidad sino para expresar sus capas más profundas. La muerte no es lo contrario de la vida; es un estado más, con sus propias reglas, su propia climatología, sus propios sonidos. Comala, el pueblo donde se sitúa Pedro Páramo, es un pueblo de fantasmas, pero también es un pueblo de recuerdos, de promesas no olvidadas, de deudas que los vivos no han terminado de pagar a los muertos.
Para los lectores hispanohablantes, esta tradición literaria ofrece una clave esencial. Muchas de estas obras forman parte también del canon de la novela histórica, situadas en momentos decisorios de nuestra historia —la Revolución Mexicana, la dictadura chilena, las primeras décadas del siglo XX— y pueden explorarse en la sección de novela histórica de este blog. Allí lo histórico y lo fantástico se entrelazan para dar forma a duelos colectivos que la historia oficial tiende a silenciar.
Los muertos de estos libros no aparecen para asustar, sino para recordar. Recuerdan a los vivos lo que se prometió, lo que se traicionó, lo que se amó en silencio. El realismo mágico, en este sentido, es una literatura de la memoria antes de ser una literatura de la imaginación: imagina para recordar mejor.
Los narradores latinoamericanos supieron ver esto mucho antes de que la academia anglosajona inventara la etiqueta de realismo mágico. Para Rulfo, para Allende, para Fuentes, lo fantástico no era un registro exótico sino una herramienta para nombrar aquello que el realismo positivista no podía capturar: las presencias, los presentimientos, las culpas que viajan entre generaciones.
Distopías y pandemias: pérdidas a escala civil
La distopía, sobre todo en el siglo XXI, se ha vuelto un género privilegiado para hablar del duelo colectivo. Estación Once de Emily St. John Mandel, La carretera de Cormac McCarthy, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, El año del diluvio de Margaret Atwood son libros que imaginan colapsos civilizatorios y preguntan cómo sobreviven emocionalmente los seres humanos cuando el mundo que conocían ha desaparecido. Estas novelas no son ejercicios de catástrofe gratuita: son meditaciones sobre lo que perdemos cuando perdemos el tejido social, y sobre lo que obstinadamente intentamos salvar.
En Estación Once, por ejemplo, una compañía de teatro ambulante recorre las ruinas de Norteamérica después de que una pandemia haya borrado a la mayor parte de la población. Los actores representan Shakespeare para pequeños grupos de supervivientes, y la novela pregunta: ¿qué hace el arte cuando ya todo se ha ido? La respuesta no es triunfalista, pero tampoco es resignada: el arte continúa porque el duelo continúa, y el duelo necesita formas donde habitar. Este es también el motor de muchas obras que repasamos en el catálogo de narrativa general de Desde el Redondal, donde las distopías conviven con historias íntimas que también imaginan mundos para llorar mejor.
El tiempo como territorio de la pérdida
El viaje en el tiempo ha sido siempre un recurso tentador para tratar el duelo. Si pudiéramos volver, si pudiéramos cambiar algo, si pudiéramos decir lo que no dijimos. La mujer del viajero en el tiempo de Audrey Niffenegger, Las primeras quince vidas de Harry August de Claire North, Recursión de Blake Crouch, Tras la puerta de Kate Atkinson son libros que exploran la fantasía de corregir la pérdida. Pero casi todos terminan descubriendo la misma verdad: que volver al pasado no devuelve lo perdido, y que el verdadero trabajo del duelo está en el presente.
El dispositivo especulativo del bucle, de la repetición, de la bifurcación, permite a la novela exteriorizar una experiencia interior: la sensación, común a todos los que han perdido a alguien, de repasar las últimas conversaciones, de imaginar otros finales posibles, de obsesionarse con la alternativa. Estos libros dan forma literaria a esa obsesión y, al hacerlo, nos liberan un poco de ella. Releer el duelo en una página es también una forma de dejar de revivirlo solo en la cabeza.
Memorias hereditarias y futuros que heredan el duelo
Algunas novelas van más lejos y preguntan por el duelo transgeneracional. El gigante enterrado de Ishiguro imagina una Inglaterra medieval donde una niebla ha hecho que los habitantes olviden sus pasadas guerras, sus viejos rencores, sus amores perdidos. La novela se pregunta si es ético olvidar, si la amnesia colectiva es una merced o una traición. El mar de óxido de C. Robert Cargill, El libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe, Piranesi de Susanna Clarke son obras donde la herencia del duelo es un tema estructural: el presente está habitado por un pasado que se niega a ser archivado.
Piranesi, en particular, es un libro sobre alguien que ha perdido casi todo —su nombre, su identidad, su historia— y vive en una casa laberíntica que también es un vasto mundo interior. Su duelo es difuso, casi atmosférico, y sin embargo es el motor de todo. Cuando la verdad sobre su pérdida se revela, el lector comprende que existen formas de duelo que no son dramáticas sino constantes, como un ruido de fondo que nos acompaña toda la vida. Esta herencia del duelo es, en cierto modo, una forma de novela histórica al revés: en lugar de reconstruir el pasado, lo presenta como una carga que sigue actuando sobre el presente. Quien lee Piranesi o El gigante enterrado sale con la sensación de que somos, en parte, lo que otros perdieron antes que nosotros.
Lecturas para iniciar el recorrido
- George Saunders, Lincoln en el Bardo (Random House, 2017): duelo presidencial narrado como coro de fantasmas.
- Kazuo Ishiguro, Nunca me abandones (Anagrama, trad. de Jesús Zulaika): clones que aprenden a querer sabiendo que serán separados.
- Juan Rulfo, Pedro Páramo (Fondo de Cultura Económica): el hijo que vuelve al pueblo materno para encontrar solo ecos.
- Isabel Allende, La casa de los espíritus (Plaza & Janés, 1982): generaciones de una familia marcadas por la pasión y la pérdida.
- Emily St. John Mandel, Estación Once (AdN, trad. de Luis Murillo Fort): arte y teatro después del fin del mundo conocido.
- Neil Gaiman, El océano al final del camino (Roca Editorial, 2013): un adulto que recuerda una infancia atravesada por lo imposible.
- Susanna Clarke, Piranesi (Fantascy, 2020): un mundo laberíntico donde la memoria perdida es también una forma de compañía.
Si has leído alguno de estos libros, o si recuerdas otro que te haya acompañado en un proceso de duelo, me encantará leer tu comentario. Desde el Redondal es, sobre todo, una comunidad de lectores, y tu voz es lo que da vida a este espacio. Comparte tu experiencia, recomienda esa novela que te ayudó en un momento difícil, danos tu mirada sobre el duelo especulativo. La sección de comentarios está abierta, y la conversación también.








